Alan Moore: ¿Quién vigila a los vigilantes?

Barcelona, 1 de enero de 2011. No es casualidad que Watchmen (1986-1987) fuese el único cómic elegido por la revista Time como una de las 100 mejores novelas de habla inglesa desde 1923. Watchmen marcó un antes y un después en la historia de este género, acercando el cómic a técnicas más literarias y a temas más propios de los adultos. Alan Moore, su insigne y peculiar autor inglés, trata -en el formato de lo que ahora se denomina como novela gráfica- el misterioso asesinato que se produce en unos imaginarios Estados Unidos que han ganado la Guerra de Vietnam y donde, sin embargo, los ciudadanos viven presos de una amenaza nuclear.
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NEW YORK

Alan Moore había crecido escribiendo historias sobre superhéroes arquetípicos de los 60 con superpoderes como Batman o Superman, pero en el momento en el que se decide a escribir Watchmen tiene otras inquietudes, que había apuntado ya en V de Vendetta (1982-1985): ′′¿Qué tal si uno de los superhéroes fuese encontrado muerto y durante la investigación, pudieses explorar en la vida que llevó?′′ -se preguntaba Allan Moore, mientras definía la idea de su nuevo proyecto con el dibujante Dave Gibbons para DC Comics-.

Por su creciente interés en los seres humanos, frente a los superhéroes, el autor se adentra en la oscuridad de la naturaleza humana. La humanidad es incapaz de mantener unos principios. Mientras los superhéroes, que supuestamente deben velar por la seguridad de los ciudadanos, son seres mezquinos y abusan de su escaso poder, la pregunta que aparece una y otra vez en el merchandising no puede ser más razonable: ′¿Quién vigila a los vigilantes?′.

En From Hell (1991-1996), Alan Moore vuelve a tratar el tema, centrándose esta vez en Jack el Destripador para destacar la crueldad de esa oscura naturaleza humana, que nos convierte en consumidores, donde el sexo o el asesinato no son sino un producto de entretenimiento más.

′La verdad sobre el mundo es... que el mundo es caótico -aseguraba Alan Moore-. La verdad no es que haya una conspiración bancaria judía, o que haya alienígenas verdes ahí afuera, o que haya reptiles de doce pies de altura de otra dimensión tomando el control, la verdad es mucho más aterradora: que no hay nadie al control, que el mundo está sin timón′.

′Alguien tiene que salvar el mundo′ -exclama Captain Metropolis en una de las viñetas de Watchmen-. Pero, ¿cómo podrían salvarlo?. ′El mal individual es síntoma de una enfermedad general del espíritu humano y no creo que tú puedas curar una enfermedad suprimiendo los síntomas -añade el personaje de Ozymandias-. Yo puedo cambiar casi cualquier cosa, pero no puedo cambiar la naturaleza humana -añade el Dr. Manhattan con pesar-. El Dr. Manhathan, el único personaje de Watchmen que parece tener poderes especiales es un ser ausente y, en parte, representa el particular concepto del Dios bíblico que tiene Alan Moore.

NORTHHAMPTON

Alan Moore casi ha doblado ya los 33 años que tenía cuando escribió Watchmen. Sus ojos gastados han visto como un buen número de sus obras han sido llevadas al cine incluyendo From Hell (2001), The League of Extraordinary Gentlemen (2003), V for Vendetta (2005) o Watchmen (2009), pero se enfurece cuando le preguntan por ellas y se niega a aceptar algún beneficio económico de DC Comics.

Este escritor nació el 18 de noviembre de 1953 en una familia de clase obrera que residía en The Burroughs, un área notablemente empobrecida de Northhampton, donde continúa viviendo y participando activamente en la vida comunitaria, orgulloso de no haberse quedado en una mansión de Hollywood. Los que han entrado en su humilde casa, la describen como una especie de vieja tienda de libros, discos, videos, cómics, figuritas y parafernalia mística, donde se amontonan toneladas de papeles.

Sus dedos cubiertos de enormes anillos, su pelo especialmente largo y su abundante barba, ocultan en realidad a una persona amable y de fácil conversación. Convencido por los ideales hippies de finales de los 60 e incapaz de mantener la escolaridad y los primeros trabajos, se había casado a los 21 años con Phyllis Moore. Fruto de esta relación nacieron sus dos hijas llamadas Amber y Leah. Adicionalmente la pareja mantuvo una relación con una amante mutua, Deborah, que duró hasta que, a principios de los 90, Phyllis y Deborah se llevaron a sus hijas dejándole a él sólo.

JERUSALEM

Alan Moore cuenta a menudo que con 40 años, para evitar la crisis de mediana edad, reunió a sus amigos y les confesó para sorpresa de todos ellos, que se iba a hacer mago. Aunque para él la actividad creativa y la magia son prácticamente la misma cosa, y a veces da la impresión de que no se toma muy en serio la ortodoxia de la magia, sus constantes referencias a Aleister Crowley, difícilmente pueden entenderse como accidentales.

A partir de los 46 años escribe Promethea (1999-2005) para la industria independiente, donde ayudándose de las técnicas innovadoras del dibujante J. H. Williams III, aprovecha para dar rienda suelta a sus ideas más gnósticas. ′El monoteísmo es, para mí, una gran simplificación. Quiero decir que la Cábala tiene una gran multitud de dioses, pero en lo más alto del Árbol de la Vida tienes esa esfera que es el Dios absoluto, el Monad, algo que es indivisible. Todos los demás dioses, y en esencia todo lo demás en el universo, es una especie de emanación de ese Dios′.

Alan Moore declaró a la revista ocultista Pentacle que él toma como primera deidad a Glykon, la antigua serpiente romana en la que se centraba el culto de Alejandro de Abonuteicos (105-175), porque el dios en sí mismo no era sino una marioneta. Idealmente un dios así, como ocurre en la historia bíblica del Edén, permite al hombre imaginar al dios como un engaño y permanecer en el control absoluto de sus circunstancias.

Actualmente, alejado parece que definitivamente de la industria más comercial del cómic, termina de escribir su segunda novela -a la que llama Leviatán - y en la que partiendo del famoso poema de William Blake -titulado Jerusalén- ha escrito ya más de 2.000 páginas durante los últimos 20 años. ′Cuando tienes 50 años, estás más allá de la mitad de tu vida: te queda menos de lo que tienes a tus espaldas. Empiezas a pensar en cosas como la mortalidad. Decidí pensar seriamente sobre estos temas y ver a qué conclusiones llegaba′.

A pesar de lo distintas que llegan a ser sus conclusiones de las de William Blake, al oírle no puedo dejar de recordar el dibujo titulado Death’s door (La puerta de la muerte) que William Blake publicó con 51 años en su poema The Grave (La tumba, 1808), donde un hombre anciano se agacha para dejar su naturaleza humana, débil y racional antes de pasar tras la puerta de la muerte a un estado puro.

NUEVA JERUSALÉN

Hace miles de años el rey David (1003-970 a.C.) había sido vitoreado como héroe nacional por las calles de Jerusalén, gracias a sus éxitos en batalla durante tiempos notablemente duros por la opresión de los pueblos que rodeaban a Israel. No obstante aquel señalado día, David se refugiaba en su cómodo palacio tratando de ocultar un terrible crimen que había cometido contra uno de sus más valientes guerreros.

La Biblia, que es una antiquísima maestra desmontando superhéroes, cuenta en el relato que Dios envió ese día a su profeta Natán, para denunciarle su pecado de una forma ingeniosa y astuta (II Samuel 12). La Biblia, como se deduce de muchas de las historias de Alan Moore, afirma que todas las personas sin excepción tienen sus manos manchadas de sangre. No obstante, a diferencia de Alan Moore, la Biblia afirma que sí hay alguien que observa, vigila y controla sobre todo.

′Como levantó Moisés la serpiente en el desierto. -dice el evangelista Juan- así también tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.′

′Dios′ -continúa escribiendo el evangelista- ′no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él. El que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.′

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