A Propóstio de Schmidt: La tragedia de un pobre hombre

Madrid, 8 de enero de 2004. El personaje de Jack Nicholson en A propósito de Schmidt queda viudo y jubilado, cuando empieza a pensar para qué ha servido su vida. Warren se encuentra en una de esas encrucijadas de la existencia que marca el comienzo de una nueva época. Esperaba esos días de ocio y libertad para disfrutar de largos viajes con su esposa, pero ahora se encuentra solo y vacío, sin ningún sueño ya que esperar. Esta oscura comedia norteamericana es una historia de desesperación y búsqueda de identidad, que nos desvela la tragedia de una vida normal.
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En esta película vemos una América formada de islas de cemento, disgregadas como manchas de petróleo sobre una moqueta gris, habitadas por hombres grises, que han pasado su vida en oficinas grises, yendo cada día por la autopista a casas grises con jardín, sin más amigos que la televisión por cable, con una caravana gris y reluciente, aparcada bajo los olmos. Su director, Alexander Payne, conoce bien ese Medio Oeste americano, donde ha desarrollado hasta ahora su breve y brillante filmografía. Es alguien poco conocido en España, aunque consiguió el Oscar por un film que pasó algo desapercibido en nuestro país, Election, una obra coral resultado de la colaboración que mantiene todavía con el guionista Jim Taylor. Su trabajo está ésta vez basado en una novela de Louis Begley sobre ese tema clásico de la literatura que es la herencia.

Licenciado en Historia y Literatura española por la Universidad de Stanford, Payne mantiene en esta película un extraño equilibrio entre el humor y el patetismo, y logra de Nicholson una interpretación mesurada, en un papel que se le podía haber ido constantemente de las manos. El actor hace aquí de hecho una de sus creaciones más memorables, en las antípodas de personajes como el de Mejor... imposible. Hace para ello todo un ejercicio de sustracción, sorprendente en alguien con tanta facilidad para la sobreactuación como Jack Nicholson. Es como si desapareciera tras la piel de este hombre mediocre, cobarde y necesitado de afecto, exhibiendo toda su tristeza y egoísmo, sin la menor señal de condescendencia. Nos ahorra así la hipérbole de sus gestos, las muecas y superioridad, que ha caracterizado hasta ahora su figura egocéntrica. Hay un respeto, una dignidad en su mirada, que le da una intensidad inconmensurable.

Su protagonista, Warren Schmidt, ha estado empleado toda su vida por una compañía de seguros. La historia comienza al cumplir 66 años, sentado delante del reloj de su oficina vacía, rodeado de cajas, y a punto de retirarse de un trabajo que nunca ha disfrutado. En su luto echa de menos a su mujer, con la que ha estado casado 42 años, pero descubre que tampoco la quería tanto como pensaba. En la novela se resalta que vive en una bonita casa, que quiere dar a su única hija como regalo de bodas, pero ella no la quiere. Jennie (Hope Davies, que en el libro se llama Charlotte) es relaciones públicas para la industria tabaquera, cuando se va a casar con un abogado judío, que despierta cierto antisemitismo en Schmidt. Pero en la película el novio, Randall (Dermot Mulroney), es un simple vendedor de camas de agua, que le produce el mismo rechazo. La verdad es que su hija es ahora una extraña para él, pero su novio y su madre (Kathy Bates) le parecen tan horrorosos, que se propone acabar con su matrimonio.

Warren va a Denver para ayudar a preparar la boda, aunque su hija no quiere que vaya. Para ello recorre Nebraska con la caravana con que pensaba viajar por todo el país con su esposa. Gran parte de la historia es por lo tanto en la carretera. Su viaje le muestra que ha perdido todo lo que daba sentido a su existencia. Y si desaprueba la boda de su hija es porque en realidad rechaza su propia vida. Schmidt se siente decepcionado al descubrir que su esposa tuvo una relación amorosa con su mejor amigo, pero la verdad es que a él le molestaba hasta su olor, por lo que la entierra en el ataúd más barato que puede encontrar en la funeraria. Pero todo lo vemos a través de sus ojos. Y si ve tan grandes los defectos de los otros, es porque no ve sus propios errores. Anhela desesperadamente conectar con alguien, pero cuando tiene la oportunidad, no quiere hacerlo. Por lo que está cada vez más solo, y al final está tan vacío como al principio.

Este hiriente y satírico relato de Payne toma la forma de un monólogo interior, cuyo principal recurso son las cartas que Schmidt envía a un niño de Tanzania. Su inesperado amigo y confesor es una criatura huérfana de 6 años, que apadrina económicamente por medio de una de esas organizaciones que se anuncian en televisión. Sus cartas a Ndugu, son en cierto sentido como oraciones a un Dios distante e impersonal. Warren quiere ser oído y comprendido, pero sus plegarias son aparentemente desatendidas. Son confesiones llenas de una emoción que pocas veces transmite el cine. La sensación de pérdida que transmite en general el personaje, como vemos en una secuencia como la del entierro, es realmente sobrecogedora. Hace que nuestros ojos se claven en detalles como el riego de las aceras, el cielo o el vacío, desvelando un sentido de la vida tan banal como indescifrable. La tragedia de Schmidt es en definitiva la de un hombre que descubre que acaba su vida con las manos vacías.

Se dice que la esperanza es lo último que se pierde. Pero la verdad es que, como dice Chesterton, cuando las cosas van bien, la esperanza parece insulsa y de perogrullo. Es cuando estamos desesperados, que descubrimos la fuerza de la esperanza. Es sólo cuando nos presentamos ante Dios con manos vacías, sin ninguna pretensión, que Él nos llena de la vida que viene de su gracia. Esa es la lección que tiene que aprender Israel una y otra vez. La felicidad viene sólo cuando buscamos ayuda en el Dios de Jacob (Salmo 146:5). Mientras vivimos en el orgullo y la autosuficiencia de Jacob, desconocemos la esperanza de Israel. Es cuando nos vemos como una caña cascada y un pábilo humeante, que encontramos verdadera salvación (Isaías 42:3). Ya que el Espíritu del Señor trae por medio de Cristo buenas noticias para el que está abatido, porque Él ha venido a vendar a los quebrantados de corazón (61:1), no a romper la caña, ni apagar los rescollos de ese fuego. Ya que ′los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos′, dice Jesús (Mateo 9:12). Y de ′los pobres en espíritu es el reino de los cielos′ (5:3).
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