A Dos Metros Bajo Tierra: ¿La familia es un infierno?

Madrid, 20 de junio de 2004. Frente a esa insaciable oleada de telebasura que asola nuestras casas cada noche, hay un canal en la televisión española que todavía se resiste a insultar tu inteligencia. En ese reducto de La2 se ha estrenado ahora una nueva serie que no es ciertamente apta para todos los públicos. Su visión es de hecho bastante incómoda y desasosegante. Está llena de vacío y desolación, ya que en ella aparece la vida cada semana en toda su crudeza, antes de ser enterrada A dos metros bajo tierra.
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A dos metros bajo tierra es un programa que se dirige a un público adulto y minoritario, ya que sólo se emite por cable en Estados Unidos, aunque va ya por su segunda temporada allí. Su autor es Alan Ball, el guionista de ese oscarizado drama nihilista llamado American Beauty. Son por lo tanto historias duras e inquietantes, cuyo mensaje no puede ser más demoledor. Cada episodio de la serie está dedicado a un funeral, por lo que lleva el titulo del epitafio del fallecido, pero es más bien la historia de la familia, que lleva el humilde negocio de pompas fúnebres que se encarga del cadáver, y vive encima del salón donde se hacen los velatorios. Entre medio de los relatos se incluyen recuerdos, alucinaciones, falsos spots publicitarios, y unas pesadillas que se mezclan con la vida real, hasta el punto de no saber dónde empieza y acaba la ficción.

La historia comienza una víspera de Nochevieja, cuando Nathaniel Fisher lleva su último modelo de coche fúnebre al aeropuerto, para recoger a su hijo mayor, Nate. Un autobús se cruza por el camino, y este padre de familia tiene que dejar este mundo. Aunque desde ese instante su fantasma no deja de perseguir a Nate, que ha tenido una difícil relación con él, hasta el punto de marcharse de casa. La reconciliación con la que soñaba Nate comenzar el nuevo año, se hace así imposible. Pero el protagonista lucha con su memoria, a la vez que empieza a ver a una chica con la que ha tenido una relación casual en el aeropuerto. En casa encuentra a su hermana ya adolescente, jugando con las drogas. Su hermano oculta una homosexualidad, que vive con tremenda amargura, atrapado en las contradicciones de sus sentimientos por un policía de color. Mientras su madre confiesa haber sido adúltera, en un momento lleno de dolor, pánico y rencor.

Semejante Nochebuena no sólo dinamita los tópicos navideños, sino que los barniza con toques de sarcasmo, humor negro y brutal irreverencia. La serie produce de entrada un cierto malestar, pero a medida que uno se introduce en la acción va creciendo la duda de a dónde nos conduce esa rara inquietud de los personajes, que va tomando un carácter cada vez más trascendental. La soledad e incomunicación de esta familia se intenta compensar por una oscura sexualidad obsesiva, que resultará a muchos espectadores ofensiva, pero que es clave para entender la tragedia de su existencia. La realidad oculta de esta familia nos desvela un infierno, que es caldo de cultivo de neurosis, psicopatías y otras erosiones del alma.

Estos últimos tiempos aumentan las historias de ficción norteamericanas que muestran cómo bajo la apariencia del modelo de familia que ora unida en la mesa de los grabados de Norman Rockwell, hay un horror gótico tan patético como el de la monstruosa familia Munster. El proceso de desintegración que avanzaba American Beauty ha desembocado en la última novela del creador de la generación X, Douglas Coupland, al anuncio de que si no hay Vida después de Dios es porque Todas las familias son psicópatas. Esta es la realidad que nos muestran películas tan duras como Happiness y Storytelling de Todd Solondz, o los voluminosos libros de David Foster Wallace (La broma infinita) y Jonathan Franzen (Las correcciones). Lo que pasa es que todo se presenta con un exhibicionismo tal de disfuncionalidad, que podemos olvidar su verdadero propósito, que no es sino forzarnos a un agresivo ejercicio de autorreflexión.

El cuadro autodestructivo de los adolescentes de las películas de Larry Clark escupe los brutales excesos de una juventud ′alienada y estúpida′, que según este director norteamericano, ′ha visto y hecho de todo′. Para él, ese hastío no viene más que del hecho evidente por el que hoy más de la mitad de los matrimonios acaban en divorcio, y todo el mundo parece estar demasiado ocupado para estar con sus hijos. Y esto es cierto, aunque se hable de tonterías como ′el tiempo de calidad′, para evadir la realidad de que sencillamente no queremos dedicar más tiempo a nuestra familia. Pero creo que esta es una lectura un poco superficial. Ya que nuestro problema no es simplemente que nos falta vida familiar.

La respuesta a la crisis de la familia no está en la psicología, ni en el trabajo social. No sirven de mucho, para esto los discursos moralistas de la política religiosa conservadora. Nada destruye más la ilusión de nuestra decencia que la intimidad de la familia. Después de todo, nos engañamos a nosotros mismos, cuando pensamos que en el fondo somos gente buena y amorosa, hasta que nos vemos forzados a una situación en la que debemos sacrificar nuestro propio interés por el bien de aquellos que decimos querer. La familia puede ser un lugar de descanso, aventura y dirección, pero no basta para dar sentido a nuestra vida. A dos metros bajo tierra sólo hay un amor que puede salvarnos, ese amor que ha vencido a la muerte, para darnos vida. Una vida ′que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio′ (2 Timoteo 1:10).
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Comentario de Gabriela Zazueta

"Me pareció muy interesante el artículo de este autor, pues nuestra sociedad es el reflejo de lo que como familias vivimos. Hoy en día la moda es decir: por falta de comunicación la familia se desintegró, pero ¿qué vamos a comunicar si nuestro corazón está vacío? ¿cómo podemos tener una familia integrada? sólo por medio de la fe en Jesucristo seremos parte de la familia de Dios y nuestra vida no terminará con la muerte física."

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